CURSO INTRODUCCIÓN AL PSICOANÁLISIS 2018

Pilar Iglesias psicoanalista

sábado, 25 de agosto de 2018

Es sabido que a partir de 1895, con los Estudios sobre la histeria y luego con los Tres ensayos de teoría sexual (1905) los puntos de vista de Freud sobre la sexualidad fueron conformando una teoría de cimientos tan sólidos, que, admitida o controvertida no pudo ser ya ignorada o dejada de lado por ninguna disciplina abocada al estudio del hombre De otra parte, nadie que conozca así sea sólo superficialmente el surrealismo, puede negar que el elemento erótico-sexual aparece en todas sus manifestaciones comLos intereses de Breton por la psicología eran de antigua data, pues se remontaban a sus estudios de medicina, iniciados en 1913, e interrumpidos cuando fue movilizado durante la guerra para trabajar en el servicio de salud del hospital neurológico de Nantes Allí conoció a Jacques Vaché y a Theodore Fraenkel, que se ejercitaban como psiquiatras y que participaron después en actividades dadaístas Fue probablemente en estos momentos (1915-1916) cuando se realizó el primer contacto efectivo de los futuros surrealistas con las teorías freudianas, ya que al año siguiente Breton asegura haber llevado a cabo terapias psicológicas en el centro psiquiátrico de Santi-Denis valiéndose de la interpretación onírica y de la asociación libre Sin embargo el único trabajo serio de divulgación psicoanalítica que por entonces se manejaba en Francia era Psicoanálisis de la neurosis y de la psicosis, de Hernand y Regis, aparecido en 1914, pues hasta 1921, vio la luz en Ginebra la traducción francesa hecha por Ives de Lay de las Conferencias sobre Psicoanálisis cuya primera edición en alemán, en tres tomos, vio la luz en Leipzig y Viena durante los años de 1916 y 1917
Además de La interpretación de los sueños, el trabajo de Freud que realmente tuvo importancia entre los surrealistas como texto crítico y como inspiración directa fue El Delirio y los sueños en la Gradiva de jensen (1907) La traducción francesa de este escrito apareció hasta 1931 Para entonces Breton y los surrealistas prácticamente habían devorado toda la literatura freudiana que caía en sus manos Masson y Dalí revivieron el tema de Gradiva en sendas pinturas y René Alleau escribió un célebre texto titulado “Gradiva rediviva” Gradiva fue también el nombre de una galería de arte inaugurada por Breton en 1937 y la celebridad del personaje configurado pro Jensen, pero resucitado y analizado por Freud, continúa hasta mucho después de la extinción bretoniana del movimiento Tan es así que en 1971 un periódico surrealista lanzó su primer número en Bruselas con el nombre de Gradiva En fecha mucho más reciente (1983), apareció un libro con varios ensayos que lleva por título Formations of Pleasure Uno de ellos, estructurado en base a fotografías con poemas que se les relacionan, se denomina Gradiva y va prolongado con una referencia al estudio de Freud Hay profundas analogías entre este personaje femenino, cuyo ser es inicialmente un objeto inanimado (un relieve funerario) y la descripción que Breton hace de Nadja o de las mujeres que aparecen en Los vasos comunicantes y El amor loco A su vez, Anna O, Dora, Mis Lucy y Elizabeth von R (para citar unas cuantas protagonistas de los más célebres caso clínicos de Freud), acusan características y modos de proceder más “surreales” que los que propone cualquier programa bretoniano
De la misma manera que las teorías sobre el inconsciente tuvieron influencia directa en el surrealismo y en otros movimientos artísticos del siglo XX, así también generaron un acercamiento nuevo a la ciencias del lenguaje y su aplicación a problemas de arte y literatura conforma una rama importante de la crítica, hecho que desde 1921, advirtió claramente Edouard Claparéde en su introducción a la versión francesa de las obras escogidas de Freud a la que hice referencia líneas atrás Dice Claparéde: “Freud se torna en el padre de una crítica artística y literaria de género innovador que llega a mayores profundidades en el análisis de las obras del que hasta ahora se ha visto El mérito de esta nueva modalidad crítica consiste en ser esencialmente comprensiva Lo bizarro, lo inédito, toma un sentido a sus ojos”
Para 1921, aparte de la Gradiva, Freud había escrito varios textos con temas relacionados con el arte, la literatura y la creatividad Ya en sus cartas a Fliess hay un análisis completo sobre un cuento de Conrad Ferdinand Mayer y otro sobre un personaje de Ibsen Pero estos ejemplos no estaban destinados a la publicación, aunque hace más de treinta años que son de sobra conocidos El primer análisis psicoanalítico-literario incluido en uno de sus libros corresponde a su conocida interpretación de Hamlet, en la que devela el viejo misterio resolviendo la tragedia en una variante de la situación edípica
A esto siguió un breve trabajo escrito en 1906 pero publicado póstumamente que trata sobre los caracteres psicopáticos en la escena Poco después de publicar la Gradiva dedicó un artículo al estudio del temperamento artístico y el proceso creativo: El creador literario y el fantaseo (1908) A esto siguió uno de los dos estudios que dedicó específicamente a un artista plástico Me refiero a su célebre y polémico libro sobre Un recuerdo infantil de Leonardo de 1910, que es en realidad una biografía patográfica El segundo trata sobre el Moisés de Miguel Angel y apareció —sorpresivamente en forma anónima— el mismo año que estalló la Primera Guerra Mundial
Un año antes había dado a la luz su hermosa interpretación sobre la pregunta que el Rey Lear hace a sus tres hijas Este trabajo, que por sí solo le valdría a Freud renombre como hombre de pluma, constituye quizá una de sus más completas incursiones entre las que hizo acerca de los caracteres shakespereanos y llevo por título El enigma de los tres cofres El análisis sobre un recuerdo infantil de Goethe en Poesía y verdad (1917) trata sólo indirectamente la cuestión literaria y artística, a pesar de que Goethe es quizá el escritor más citado en la totalidad del corpus freudiano En 1919 publicó el penetrante análisis sobre un relato de ETA Hoffman tomado de El elíxir del diablo; se trata de Lo siniestro (1919) Su último aporte referido específicamente a la psicología de la literatura es Dostoiewsky y el parricido, de 1928 La enumeración que he hecho es incompleta, sobre todo si se toma en cuenta que Freud ejemplificó muchos de sus puntos teóricos mediante analogías y referencias literarias, artísticas, arqueológicas e históricas
Por su parte André Breton había venido recogiendo, posiblemente desde 1916, varias de las nociones propuestas por Freud en La interpretación de los sueños y las utilizó en diversos momentos de su labor tanto poética como teórica Por ejemplo, en Los vasos comunicantes aplica un método similar al psicoanalítico al estado de ensoñación diurna empleando los términos freudianos de condensación, desplazamiento y sustitución Por cierto que la aplicación de este método para analizar situaciones en estados de vigilia (pero de vigilia especial) había sido muy propiciado por Carl Gustav Jung y desde luego que también por Hermann Rorschach, el autor del psicodiagnóstico a base de manchas, que murió prematuramente a los 38 años, en 1922 Para Breton tal técnica no constituye un recurso surrealista de eliminar barreras que separen los dos dominios, el de la vigilia y el sueño Antes, bien, se vincula con la “atención flotante” que Freud requería de sí mismo y de sus analizandos para hacer aflorar contenidos reprimidos a partir de la asociación en cadena con las imágenes oníricas o con las fantasías diurnas Además Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana había mostrado desde 1901 la manera en que nuestra vida despierta se encuentra sujeta a continuas incursiones de contenidos que —disfrazados— acusan su proveniencia de fuentes inconscientes Breton y los demás surrealistas prestaron asimismo profunda atención al proceder errático y como bien se sabe lo propiciaron en la medida en que constituía un acercamiento a la conquista de lo irracional
Quizá sea este el momento oportuno para recordar que el artista ha estado explorando el inconsciente (aunque no de manera propositiva) por un tiempo considerablemente mayor que el hombre de ciencia Las bases para una teoría del inconsciente pueden rastrearse en la literatura y en los escritos de los artistas desde el siglo XVIII En buena medida esta inquietud se corresponde con el eclipse y la reacción contra el cartesianismo que por casi dos siglos equiparó la conciencia con el yo En estas experiencias imaginativas del poeta y del pintor se basaron Schopenhauer, von Hartmann y Nietzsche para elaborar sus puntos de vista sobre el papel que desempeña lo que hoy llamamos psicología profunda en las actividades creativas, algo similar a lo que puede encontrarse manifestado con toda claridad a través de los diarios de Delacroix, que el pintor inició en 1822
Hacia el final de su vida Freud llegó a reconocer que los surrealistas no eran “chiflados incurables” como él los había considerado Esto ocurrió poco antes de su muerte, ya exiliado en Londres, en el curso de una visita que le hizo Salvador Dalí, cuyas obras conocía y admiraba Su cambio de opinión quedó recogido en una carta que escribió a Stefan Zweig
“Tengo auténticas razones para darle las gracias por la carta de presentación que me trajo a los visitantes de ayer, pues hasta ahora me sentía inclinado a considerar a los surrealistas, que al parecer me han acogido por su santo patrón, como chiflados incurables (digamos que en un 95 por ciento, como el alcohol) El joven español (Salvador Dalí) sin embargo, con sus ojos cándidos y fanáticos y su indudable maestría técnica, me ha hecho reconsiderar mi opinión En realidad sería muy interesante investigar analíticamente cómo ha llegado a ser compuesto un cuadro así Desde el punto de vista crítico, podría seguirse manteniendo aún que el concepto de arte desafía toda dilatación mientras la proporción cuantitativa de material inconsciente y de elaboración preconsciente no permanezca dentro de límites definidos Mas sea como fuere, estos puntos constituyen graves problemas psicológicos”
Lo que cuenta Salvador Dalí respecto a su entrevista con Freud debe ser entendido desde el nivel de su discurso en el momento de rememorar la experiencia por escrito y no necesariamente atendiendo al contexto real en el que se desenvolvió ésta El relato se encuentra en La vida secreta de Salvador Dalí Allí viene asimismo reproducido uno de los dibujos que le hizo a Freud, si no precisamente el que realizó del natural aquella tarde, quizá otro que elaboró poco después Dalí cuenta que viajó en tres ocasiones a Viena con el propósito infructuoso de ver a Freud, quien se negó a recibirlo El año de 1938, encontrándose en un restaurante parisino cenando un plato de caracoles, le fue presentado un periódico que contenía el retrato de Freud con la noticia de su exilio en Londres Al verlo manifestó que en ese instante había descubierto el secreto morfológico de Freud: “Su cráneo es un caracol, su cerebro es una espiral Este descubrimiento influyó en el retrato que después le hice”
Contrariamente a las esperanzas de Dalí, Freud, atacado ya muy severamente por el cáncer en la mandíbula, no habló casi nada durante la entrevista, pero ambos se devoraron con los ojos Dalí quería mostrarle un artículo “científico” que había publicado sobre la paranoia y hacía denodados esfuerzos para que Freud atendiera a su indicación, pero éste continuaba mirándolo con fijeza, como si todo su ser estuviera puesto en esa mirada, y no hizo el menor caso a la revista que Dalí le señalaba Su imperturbable indiferencia sólo se interrupió para decir lo siguiente: “Nunca he visto ejemplo más completo de un español: ¡qué fantástico!”
Por cierto, desde su juventud Freud se había sentido atraído por España, país al que nunca viajó Con objeto de leer El Quijote en su versión original, aprendió español y fundó junto con un amigo suyo: Eduard Silberstein —también estudiante de medicina— una “Academia Castellana”, que no contaba con más miembros que ellos dos, pero que en cambio se significó por poseer un hermoso sello de cierto carácter ocultista conformado por el monograma AC y una corona El Quijote junto con Hamlet, fueron para Freud pináculos en la historia de la literatura Es muy posible que el anciano que conservó intacta su lucidez hasta tres días antes de su muerte, la visita de Dalí le haya traído a la memoria el sabor que otrora lo conminó a aprender la lengua española y que los protagonistas cervantinos que encontraron cabida más de una vez en sus obras*, hubiesen cobrado nueva realidad en los momentos transcurridos con Dalí, algunas de cuyas pinturas había podido conocer antes de aquella tarde de 1938 Por lo que respecta a Dalí es posible afirmar que su aportación cabalmente freudiana se encuentra en las secuencias oníricas que concibió para algunas películas Señaladamente para El perro andaluz (1929), de Luis Buñuel y para Cuéntame tu vida, de Alfred Hitchkok El cine psicoanalítico, que en sus inicios aparece vinculado con el expresionismo, había dado ya para entonces su primer fruto Se trata del film Secretos de un alma, de Georg Wilhelm Pabst, que fue asesorado por dos de los más cercanos discípulos de Freud, uno de ellos Hanns Sachs
Si he hecho estas breves referencias a la cinematografía se debe a que pienso que en ningún otro campo de las artes visuales es posible apreciar de manera tan clara la confluencia entre surrealismo y psicoanálisis Baste recordar al ya mencionado Luis Buñuel, a Carlos Saura y a Fernando Arrabal Pero ese sería tema de otro artículo que ojalá alguien versado en cuestiones cinematográficas escribiera uno de estos días
* De la tesis que la autora prepara sobre las ideas estéticas de Freudo instancia no únicamente liberadora, sino también subversiva, triunfo del principio de realidad; 
BIBLIOGRAFIA DE REFERENCIA

domingo, 5 de agosto de 2018

diseccion de la personalidad


la génesis de la neurosis


La labor psicoanalítica nos ha descubierto el principio siguiente: los hombres enferman de neurosis a consecuencia de la privación. Entendiendo por tal la privación de la satisfacción de sus deseos libidinosos. Para comprender debidamente este principio se hace preciso un largo rodeo. Pues por la génesis de la neurosis es necesario que exista un conflicto entre los deseos libidinosos de un hombre y aquella parte de su ser que denominamos su yo, el cual es la expresión de sus instintos de conservación e integra su ideal de su propia personalidad. Semejante conflicto patógeno nace únicamente cuando la libido intenta emprender caminos o tender a fines que el yo ha superado y condenado mucho tiempo atrás, habiéndolos prohibido, por tanto, para siempre, y la libido lo intente así cuando le ha sido arrebatada la posibilidad de una satisfacción ideal, grata al yo. Con ello, la privación de una satisfacción real pasa a constituir la condición primera -aunque no en modo alguno la única- de la génesis de la neurosis. 

Así, pues, quedamos sorprendidos, y hasta desconcertados, cuando en nuestra práctica médica descubrimos que hay también quien enferma precisamente cuando se le ha cumplido un deseo profundamente fundado y largamente acariciado. Parece entonces como si estos sujetos no pudieran soportar su felicidad, pues en cuanto a la relación causal entre el éxito y la enfermedad no puede caber la menor duda


La contradicción manifiesta entre tales observaciones y la tesis de que el hombre enferma a consecuencia de la privación no es en modo alguno insoluble. La distinción entre privación externa y privación interna la hace desaparecer. Cuando en la realidad no existe ya el objeto en el que la libido puede hallar su satisfacción, nos hallaremos ante una privación exterior. La cual es ineficaz en sí y no patógena, en tanto que no se une a ella una privación interna. Esta última ha de partir del yo y disputar a la libido otros objetos de los que la misma quiere apoderarse. Sólo entonces surge un conflicto y nace la posibilidad de una enfermedad neurótica; esto es, de una satisfacción sustitutiva mediante un rodeo a través de lo inconsciente reprimido. Así, pues, la privación interna se da en todos los casos, pero no entra en acción hasta que la privación externa real establece la constelación favorable. En los casos excepcionales, cuando los hombres enferman al lograr el éxito, la privación interna ha actuado sola, y ha surgido una vez que la privación externa ha dejado lugar al cumplimiento de deseos. Ello parece aun, a primera vista, un tanto singular; pero basta reflexionar un poco para recordar cómo no es nada raro que el yo tolere un deseo mientras sólo existe en calidad de fantasía, oponiéndose, en cambio, decididamente a él en cuanto se acerca a su cumplimiento y amenaza convertirse en realidad.

La labor psicoanalítica nos muestra que son poderes de la consciencia los que prohíben a la persona extraer de la dichosa modificación real la ventaja largamente esperada. Pero es dificilísimo precisar la esencia y el origen de estas tendencias enjuiciadoras y punitivas que aparecen, muchas veces, donde menos esperábamos hallarlas. El secreto profesional nos veda servirnos de los casos clínicos por nosotros observados para exponer lo que de tales tendencias sabemos y sospechamos. Por lo cual habremos de recurrir para ella al análisis de ciertas figuras creadas por grandes poetas, profundos conocedores del alma humana. 



(EXTRACTO DEL TEXTO  LOS QUE FRACASAN AL TRIUNFAR S. FREUD)

sábado, 4 de agosto de 2018

UNA ENTREVISTA A SIGMUND FREUD



Queremos hacerle algunas preguntas sobre el psicoanálisis, algunos detalles, ya que muchos no sabemos apenas de qué se trata. Tendría que preguntarle muchas cosas, sin embargo hay limitaciones, por lo tanto si me disculpa mi apresuramiento y tal vez preguntas simples, pero que sin embargo nos aclararía algunas ideas confusas que tenemos, acerca de este campo, el psicoanálisis, cada vez más difundido en nuestra cultura. Primero si me permite es: 

P: ¿Qué es lo que el psicoanalista emprende con el paciente al que el médico no ha podido auxiliar? 

Sigmund Freud: El psicoanalista no hace más que entablar un diálogo con el paciente. No usa instrumentos, ni siquiera para reconocer ni recetar medicamento alguno. El psicoanalista recibe al paciente a una hora determinada, le deja hablar, le escucha, le habla a su vez y le deja escucharle. ç

P: Se trata, pues, de una especie de conjuro mágico. Ante las palabras del psicoanalista desaparece el mal? 

Sigmund Freud:Los tratamientos psicoanalíticos precisan meses y hasta años. Una magia tan lenta pierde todo carácter maravilloso. Por lo demás, no debemos desdeñar la palabra, poderoso instrumento. Al principio fue, ciertamente, el acto; el verbo - la palabra- vino después, y ya fue, en cierto modo, un progreso cultural el que el acto se amortiguara, haciéndose palabra. Pero la palabra fue primitivamente un conjuro, un acto mágico, y conserva aún mucho de su antigua fuerza.. 

P: ¿cómo puede usted hacerle creer en la fuerza mágica de las palabras que ha de librarle de su enfermedad?» 

Sigmund Freud: Le pedimos que sea total y absolutamente sincero con su psicoanálisis, sin retener intencionadamente nada de lo que surja en su pensamiento. 

P: Comprendo supone usted que todo neurótico oculta algo que pesa sobre él, un secreto; dándole ocasión de revelarlo. le descarga usted de tal peso y alivia su mal. No se trata, pues, sino del principio de la confesión. 

Sigmund Freud:En la confesión, dice el pecador lo que sabe; en elpsicoanálisis se ha de decir algo más. Por otra parte, tampoco sabemos que la confesión haya tenido jamás el poder de suprimir síntomas patológicos directos.

P: «Entonces no lo entiendo. ¿Qué significa eso de decir más de lo que se sabe?, puedo imaginarme que el analista adquiere sobre el paciente una influencia más fuerte que el confesor sobre el penitente, por ocuparse de él más larga, intensa e individualmente, y que utiliza esta más enérgica influencia para liberarle de sus ideas patológicas, disipar sus temores, etc. Sería harto singular que también se consiguiese dominar por este medio fenómenos puramente somáticos, tales como vómitos, diarreas y convulsiones, como hace el hipnotismo. 

Sigmund Freud:- Muy acertada su indicación sobre la influencia personal del psicoanalista. Tal influencia existe, desde luego, y desempeña en el aná- lisis un papel muy importante, pero distinto en absoluto del que desempeña en el hipnotismo. No sería difícil demostrar que se trata de situaciones completamente diferentes. Bastará hacer observar que en el análisis no utilizamos dicha influencia personal – el factor «sugestivo»- para vencer los síntomas patológicos, como sucede con el hipnotismo, y además, que sería erróneo creer que tal factor constituía la base y el motor del tratamiento. También quisiéramos demostrar con un ejemplo cuán lejos de nuestra técnica analítica se halla toda tentativa de desviar las ideas del enfermo o convencerle de su falsedad. Así, cuando nuestro paciente sufre de un sentimiento de culpabilidad, como si hubiera cometido un crimen, no le aconsejamos que se sobreponga a este tormento de su conciencia acentuando su indudable inocencia, pues esto ya lo ha intentado él sin resultado alguno. Lo que hacemos es advertirle que una sensación tan intensa y resistente ha de hallarse basada en algo real, que quizá pueda ser descubierto. Ahora bien, si hemos de hacernos comprender de usted - habremos de exponer un fragmento de una teoría psicológica desconocida o insuficientemente estimada fuera de los círculos del psicoanálisis. 

P:- Dice usted que va a exponerme una nueva Psicología. Ahora bien, la psicología no es, ni con mucho, una ciencia nueva. Ha habido muchos psicólogos se han alcanzado ya en este sector rendimientos de gran importancia.. 

Sigmund Freud:: La Psicología no ha podido desarrollarse porque se lo ha impedido un error fundamental. ¿Qué comprende hoy, tal y como es su enseñanza?. Aparte de los valiosos conocimientos, pertenecientes a la fisiología de los sentidos, una cierta cantidad de divisiones y definiciones de nuestros procesos anímicos, que los usos del lenguaje han convertido en propiedad común a todos los hombres cultos. Y esto no basta, desde luego, para la concepción de nuestra vida psíquica. ¿No ha observado usted que cada filósofo, cada poeta, cada historiador y cada biógrafo crean para su uso particular una teoría psicológica y forjan hipótesis personales, más o menos atractivas, pero siempre inconsistentes sobre la cohesión y los fines de los actos psíquicos? Falta a todo ello un fundamento común - : - Todo el mundo se considera con derecho a opinar. Si plantea usted una cuestión de Física o de Química, callarán todos los no especializados en tales materias. En cambio, si arriesgamos una afirmación psicológica, podemos estar seguros de que nadie dejará de emitir su juicio, favorable o adverso. Por lo visto, no existen en este sector «conocimientos especiales». Todo el mundo tiene su vida anímica y se cree, por ello, psicólogo, recordándonos la respuesta de aquella mujer, que fue a ofrecerse como aya, y al ser preguntada si tenía nociones de cómo se debía tratar a los niños pequeños, exclamó un tanto extrañada: «¡Naturalmente! También yo he sido niña alguna vez.»

Pilar Iglesias

domingo, 29 de julio de 2018

PSICOANÁLISIS Y PSIQUIATRIA INTRODUCCIÓN AL PSICOANÁLISIS CURSO


Sigmund Freud
Me regocija que nos volvamos a ver, después de un año, para proseguir nuestros coloquios. El año pasado les expuse la concepción psicoanalítica de las operaciones fallidas y del sueño; ahora querría introducirlos en la comprensión de los fenómenos neuróticos, que, como pronto descubrirán, tienen mucho en común con aquellos. Pero les anticipo que en esta oportunidad no puedo concederles la misma posición frente a mí que el año anterior. Aquella vez me empeñé en no dar un paso sin que hubiera acuerdo entre el juicio de ustedes y el mío; discutimos mucho me sometí a sus objeciones y en verdad los reconocí a ustedes y a su «sano sentido común» como instancia decisiva. Ahora no será así, y por una simple circunstancia. Operaciones fallidas y sueños no les eran extraños como fenómenos; podía decirse que poseían al respecto tanta experiencia como yo o que podían fácilmente procurarse una experiencia igual. Pero el campo de fenómenos de las neurosis les es ajeno; si no son médicos, no tienen otro acceso a él que mis comunicaciones, y de nada vale el mejor discernimiento cuando falta la familiaridad con el material que ha de juzgarse.
  Pero no entiendan este anuncio como si yo me propusiera hacerles una exposición dogmática y exigirles una fe incondicional. Semejante malentendido me haría grave injusticia. No es mi propósito despertar convencimientos; quiero dar incitaciones y desarraigar prejuicios. Si, por desconocer el material, ustedes no están en condiciones de juzgar, no deben ni creer ni desestimar. Deben escuchar y dejar que produzca en ustedes su efecto lo que se les refiere. El convencimiento no se alcanza con tanta facilidad o, cuando se ha llegado a él tan sin esfuerzo, pronto se evidencia falto de valor e inconsistente. Sólo puede pretender convencimiento quien, como yo lo hice, ha trabajado durante muchos años con el mismo material y ha vivido, él mismo, estas experiencias nuevas y sorprendentes. ¿Por qué, entonces, se producen en el campo intelectual esas convicciones súbitas, esas conversiones fulminantes, esas repulsiones instantáneas? ¿No reparan en que el «coup de Joudre», el amor a primera vista, proviene de un campo enteramente diverso, el campo afectivo? Ni siquiera a nuestros pacientes les exigimos un acto de convencimiento o de adhesión al psicoanálisis. Que lo hagan nos resulta a menudo sospechoso. La actitud que más deseamos en ellos es la de un benévolo escepticismo. Procuren ustedes, pues, dejar que la concepción psicoanalítica coexista y crezca en paz junto a la popular o a la psiquiátrica, hasta que se presenten oportunidades en que ambas puedan influirse, cotejarse y conciliarse en una decisión final.
  Por otra parte, ni por un instante deben creer que esto que les presento como concepción psicoanalítica sea un sistema especulativo. Es más bien experiencia: expresión directa de la observación o resultado de su procesamiento. Si este último procedió o no de manera suficiente y justificada, he ahí algo que se verá con el ulterior progreso de la ciencia; y por cierto tengo derecho, trascurridos ya casi dos decenios y medio y bastante avanzado yo en la vida (1), a aseverar sin jactancia que fue un trabajo particularmente difícil, intenso y empeñoso el que brindó estas observaciones. A menudo he recibido la impresión de que nuestros oponentes no que rían considerar para nada este origen de nuestras aseveraciones, como si creyesen que no eran sino unas ocurrencias de cuño subjetivo a las que otro podría oponer su propio capricho. Este comportamiento opositor no me resulta del todo comprensible. Quizá provenga de que los médicos se comprometen muy poco con los neuróticos; oyen con tan poca atención lo que ellos tienen que decirles que se han enajenado la posibilidad de extraer algo valioso de sus comunicaciones, y por tanto de hacer en ellos observaciones en profundidad. En esta ocasión les prometo que en el curso de mis conferencias polemizaré poco, al menos con personas individuales. Nunca he podido convencerme de la verdad de la sentencia según la cual la guerra es el padre de todas las cosas. Creo que proviene de la sofística griega y falla, como esta, por sobrestimación de la dialéctica. Me parecía, al contrario, como si la llamada polémica científica fuese en todo sentido infecunda, prescindiendo de que casi siempre se la cultiva con un sesgo en extremo personal. Hasta hace unos años podía gloriarme, respecto de mí mismo, de que con un solo investigador (Löwenfeld, de Munich) había entablado una vez una polémica científica en regla (2). El final fue que nos hicimos amigos y lo seguimos siendo hasta el día de hoy. Pero por mucho tiempo no he repetido el experimento; no estaba seguro de obtener idéntico desenlace (3).
Ustedes juzgarán, sin duda, que una repulsa tal de la discusión académica atestigua un grado particularmente alto de inaccesibilidad a las objeciones, de terquedad o, como lo suelen expresar los científicos en su cortés lenguaje, de «extravagante pertinacia». Me gustaría responderles que si a costa de tantos trabajos ustedes adquiriesen una convicción, les cabría cierto derecho de sostenerla con alguna tenacidad. Además, puedo invocar en mi favor que en el curso de mis trabajos he modificado mis opiniones sobre algunos puntos importantes sustituyéndolas por otras nuevas, de lo cual, desde luego, hice comunicación pública en cada caso, ¿Y el resultado de esta sinceridad? Algunos ni siquiera han tomado conocimiento de mis autoenmiendas y todavía hoy me critican por tesis que desde hace mucho ya no significan para mí lo mismo. Los otros me reprochan justamente esas mudanzas y me declaran por eso mismo poco sólido. ¿No es cierto que quien ha cambiado algunas veces sus opiniones no merece crédito, pues con harta probabilidad puede andar errado también en las aseveraciones que últimamente ha hecho? Pero al que se atiene, imperturbable, a lo que una vez expresó o no se deja apartar de ello con suficiente rapidez, le llaman obcecado y extravagante. ¿Qué puede uno hacer, en vista de estos contrapuestos ataques de la crítica, sino mantenerse como uno es y comportarse como su propio juicio lo autoriza? Estoy decidido a esto, y no me abstendré de rehacer y corregir todas mis doctrinas según lo exija mi experiencia más avanzada. En las intelecciones básicas, basta ahora no he hallado nada que modificar; y espero que en lo sucesivo sea también así. (4)
 Debo presentarles, entonces, la concepción psicoanalítica de los fenómenos neuróticos. Para ello, me parece indicado empalmar con los fenómenos ya tratados, tanto a modo de analogía como de contraste. He de echar mano a una acción sintomática en que veo que incurren muchas personas en mis horas de consulta. El analista no atina a hacer gran cosa con la gente que lo visita en su consultorio médico para desplegar frente a él, en un cuarto de hora, las lamentaciones de su larga vida. Su saber más profundo le impide pronunciar el veredicto a que recurriría otro médico: «Lo que usted tiene no es nada», e impartir el consejo: «Tome una ligera cura de aguas». Uno de nuestros colegas, preguntado por lo que hacía con sus pacientes de consultorio, respondió incluso, con un encogimiento de hombros: «Les impongo una multa de unas buenas coronas». Por eso no les asombrará enterarse de que aun en el caso de psicoanalistas con mucha clientela las horas de consulta no suelen ser muy concurridas. Yo puse doble puerta en remplazo de la simple que separaba mi sala de espera de mi sala de tratamiento y consultorio, reforzándola además con una cubierta de fieltro. El propósito de este pequeño artificio no es nada dudoso. Ahora bien, siempre acontece que personas que hago pasar desde la sala de espera descuidan cerrar la puerta tras sí, y por cierto casi siempre dejan las dos puertas abiertas. Tan pronto lo observo, me obstino, con tono bastante inamistoso, en que el o la ingresante vuelva sobre sus pasos para reparar ese descuido, por más que se trate de un elegante caballero o de una dama empingorotada. Esto hace la impresión de una* descortés pedantería. Y aun en ocasiones me he puesto en ridículo con esa exigencia, ante una de esas personas incapaces de asir un picaporte y que ven con agrado que su acompañante les ahorre ese contacto. Pero en la enorme mayoría de los casos yo tenía razón, pues quien se porta de ese modo, quien deja abierta la puerta que separa la sala de espera del consultorio del médico, pertenece a la plebe y merece que lo traten descortésmente. Ahora bien, no tomen ustedes partido antes de oír lo que sigue. Este descuido del paciente, en efecto, no acontece más que cuando se ha encontrado solo en la sala de espera y por tanto deja tras sí una habitación desierta; nunca cuando otras personas extrañas esperaron con él. En este último caso comprende muy bien que es su interés no ser espiado con las orejas {belauschen} mientras habla con el médico, y jamás omite cerrar cuidadosamente ambas puertas.
  La omisión del paciente obedece entonces a un determinismo, no es contingente ni carece de sentido; ni siquiera es intrascendente, pues veremos que ilustra la relación del recién llegado con el médico. El paciente pertenece al gran número de los que claman por una autoridad mundana, de los que quieren ser deslumbrados, intimidados. Quizás hizo preguntar telefónicamente cuál era la mejor hora a que podía venir y se preparó para encontrarse con un gentío en busca de asistencia, como si fuera una filial de Julius Meinl. (5) Y ahora entra en una sala de espera desierta, por añadidura en extremo modesta, y eso lo perturba. Tiene que hacerle pagar al médico su intención de ofrecerle una muestra tan superflua de respeto y ... omite cerrar las puertas entre sala de espera y consultorio. Con eso quiere decirle: «¡Ah! Aquí no hay nadie, y probablemente durante todo el tiempo en que yo esté no vendrá nadie tampoco». Además, en la entrevista se portaría con total descortesía y falta de respeto si desde el comienzo mismo no se le pusiera un dique a su arrogancia mediante una tajante reconvención.
  En el análisis de esta pequeña acción sintomática ustedes no encuentran nada que no les sea ya familiar: 19 aseveración de que no es contingente, sino que posee un motivo, un sentido y un propósito; que pertenece a una trabazón anímica pesquisable y que, en calidad de pequeño indicio, anoticia de un proceso anímico más importante. Pero, sobre todo, que la conciencia de quien la consuma ignora el proceso cuya marca es la acción misma: ninguno de los pacientes que han dejado abiertas ambas puertas admitirían que mediante esa omisión quisieron testimoniarme su menosprecio. Muchos, probablemente, recordarían haber tenido un conato de desengaño al ingresar en la sala de espera desierta; pero el nexo entre esta impresión y la acción sintomática subsiguiente ha permanecido con seguridad desconocido para su conciencia.
  Ahora abandonaremos estos pequeños análisis de una acción sintomática para pasar a la observación de un enfermo. Escojo una por tener fresco su recuerdo, y también porque puede exponerse en breve espacio. Un cierto grado de prolijidad es indispensable en una comunicación así.
 Un joven oficial, al regresar a la casa con una breve licencia, me pidió que tomara bajo tratamiento a su suegra, que, viviendo en las más dichosas condiciones, se amargaba la vida y la amargaba a los suyos a causa de una idea disparatada. De ese modo conocí a una dama de unos 53 años, bien conservada, de naturaleza simple y afable, que sin resistirse me dio el siguiente informe: Vive en el campo, en feliz matrimonio con su marido, quien dirige una gran fábrica. Todo le parece poco para encomiar el amoroso cuidado que él le dedica. Casada por amor treinta años antes, desde entonces ninguna nube, ni querella, ni ocasión de celos. Ya bien casados los dos hijos, el marido y padre, movido por un sentimiento de deber, no quiere darse todavía descanso. Hace un año ocurría lo increíble, incomprensible para ella misma: le llegó una carta anónima donde se le denunciaba que su virtuoso marido mantenía relaciones amorosas con una muchacha joven, y ella le prestó crédito en el acto; desde entonces quedó destruida su dicha. Más en detalle, lo ocurrido fue aproximadamente como sigue: Tenía una criada con quien conversaba quizá demasiado de cosas íntimas. Esta muchacha perseguía a otra con una hostilidad animada directamente por el odio; ello se debía a que esta última había progresado mucho más en la vida, sin ser de mejor cuna. En lugar de entrar a trabajar en servicio doméstico, se había procurado una formación en asuntos de comercio, ingresó en la fábrica y, a causa de la falta de personal producida por el llamamiento a filas de los empleados, fue promovida a un buen puesto. Ahora vivía en la propia fábrica, tenía trato con caballeros y aun se hacía llamar señorita. La que se había quedado atrás en la vida estaba naturalmente dispuesta a decir todo el mal posible de su antigua compañera de escuela. Un día conversaba nuestra dama con su mucama acerca de un señor anciano que habían recibido en la casa, y de quien se sabía que no vivía con su mujer, sino que mantenía una relación con otra. Ella no sabe cómo fue que de pronto dijo: «Para mí sería lo más terrible enterarme de que mí buen esposo tiene también una relación». Al día siguiente recibió por el correo una carta anónima que, con escritura disimulada, le comunicaba eso mismo que ella, por así decir, había conjurado. Extrajo la conclusión -probablemente acertada- de que la carta era obra de su maligna mucama, pues señalaba como la amada del marido precisamente a esa señorita a quien la sirvienta perseguía con su odio. Pero aunque se percató enseguida de la intriga y en su lugar de residencia había vivido sobrados ejemplos de la poca fe que merecían tales cobardes denuncias, aconteció que esa carta la hizo derrumbarse al instante. Presa de una terrible emoción, envió de inmediato por su marido para hacerle los más acerbos reproches. El hombre rechazó riendo la imputación e hizo lo mejor que podía hacer. Llamó al médico de la casa y de la fábrica, quien puso todo su empeño en calmar a la desdichada señora. El ulterior proceder de ambos fue también enteramente razonable. La mucama fue despedida, pero la supuesta rival no. Desde entonces, una y otra vez, la enferma pareció tranquilizarse a punto tal de no dar más crédito al contenido de la carta anónima, pero nunca radicalmente ni por mucho tiempo. Bastaba que oyera nombrar a esa señorita o que la encontrara por la calle para que se le desencadenase un nuevo ataque de desconfianza, dolor y reproches.
 He ahí, pues, la historia clínica de esa honrada señora. No hacía falta mucha experiencia psiquiátrica para comprender que, a diferencia de otros neuróticos, había expuesto su caso más bien suavizando las tintas, como si dijéramos disimulándolo, y que nunca había vencido su creencia en la inculpación de la carta anónima.
 Ahora bien, ¿qué actitud adopta el psiquiatra frente a un caso clínico así? Harto lo sabemos: la misma que adoptaría frente a la acción sintomática del paciente que no cierra las puertas que dan a la sala de espera. La declara una contingencia sin interés psicológico, y no le da más importancia. Pero esta conducta ya no es viable en el caso patológico de la señora celosa. La acción sintomática parece ser. algo indiferente, pero el síntoma se impone como importante. Va conectado a un intenso sufrimiento subjetivo, y objetivamente amenaza la convivencia de una familia; es, por tanto, un objeto insoslayable del interés psiquiátrico. El psiquiatra intenta primero caracterizar el síntoma mediante una propiedad esencial. La idea con que esta mujer se martiriza no ha de llamarse disparatada en sí misma; ocurre, en efecto, que hombres casados de edad avanzada mantienen relaciones amorosas con muchachas jóvenes. Pero otra cosa hay aquí disparatada e incomprensible. El único fundamento que tiene la paciente para creer que su tierno y fiel esposo pertenece a esa categoría de hombres -no tan rara, por lo demás- es la aseveración de la carta anónima. Sabe que ese escrito no posee fuerza probatoria alguna, puede esclarecerse satisfactoriamente su origen; debería poder decirse, entonces, que no tiene fundamento para sus celos, y así se lo dice; no obstante, sufre como si admitiera la total justificación de esos celos. A ideas de este tipo, inaccesibles a argumentos lógicos y tomados de la realidad, se ha convenido en llamarlas ideas delirantes. La buena señora padece, pues, de un delirio de celos. He ahí la característica esencial de ese caso patológico.
Tras esta primera comprobación, nuestro interés psiquiátrico se avivará con fuerza todavía mayor. Si una idea delirante no puede ser desarraigada refiriéndola a la realidad, no ha de provenir de esta. ¿Y de dónde vendría entonces? Existen ideas delirantes del más diverso contenido; ¿por qué justamente los celos son en nuestro caso el contenido del delirio? Aquí querríamos escucharlo al psiquiatra, pero aquí mismo nos deja en la estacada. Se internará, exclusivamente, en una sola de las cuestiones que hemos planteado. Investigará en la historia familiar de esta señora y nos aportará quizás esta respuesta: «Ideas delirantes se presentan en aquellas personas en cuyas familias han aparecido repetidas veces estas y otras perturbaciones psíquicas». Con otras palabras, esta señora ha desarrollado una idea delirante porque estaba predispuesta a causa de una trasmisión hereditaria. Es por cierto algo, pero, ¿es todo lo que queremos saber? ¿Todo lo que ha cooperado en la causación de este caso patológico? ¿Tendremos que contentarnos con suponer que es indiferente, arbitrario o inexplicable que se haya desarrollado un delirio de celos en vez de cualquier otro delirio? ¿Y es lícito que entendamos también en sentido negativo el aserto que proclama el predominio de la influencia hereditaria, a saber, que son indiferentes las vivencias que sobrevinieron a esta alma pues estaba condenada a producir alguna vez un delirio? Querrán ustedes saber por qué la psiquiatría científica no quiere darnos más referencias. Pero yo les respondo: ¡Maldito sea quien dé más de lo que tiene! Digamos que el psiquiatra, justamente, no conoce ningún camino que lo haga avanzar más en el esclarecimiento de un caso de esta índole. Tiene que conformarse con el diagnóstico y una prognosis del desarrollo ulterior, prognosis insegura por rica que sea su experiencia.
 Ahora bien, ¿puede el psicoanálisis desempeñarse mejor? Sí, por cierto; espero mostrarles que aun en un caso así, de tan difícil acceso, es capaz de descubrir algo que posibilite la comprensión más directa. Primero, les ruego que atiendan a este pequeño detalle: fue la propia paciente quien provocó esa carta anónima que sirve de apoyo a su idea delirante, cuando, el día anterior, dijo a la intrigante muchacha que su máxima desventura sería que su marido mantuviera una relación amorosa con una muchacha joven. Sólo entonces concibió la servidora la idea de enviarle la carta anónima. La idea delirante cobra así una cierta independencia de la carta; ya antes había estado presente como temor -¿o como deseo?- en la enferma. Ahora agreguen ustedes algunos pequeños indicios más que sólo dos sesiones de análisis han brindado. La paciente se comportó con mucha renuencia cuando se la exhortó a comunicar, tras el relato de su historia, sus ulteriores pensamientos, ocurrencias y recuerdos. Aseveró que nada se le ocurría, lo había dicho todo, y transcurridas dos sesiones fue preciso interrumpir realmente el ensayo con ella, pues había proclamado que ya se sentía sana y estaba segura de que la idea enfermiza no reaparecería. Lo dijo, desde luego, sólo por resistencia y por angustia frente a la prosecución del análisis. Pero en esas dos sesiones había dejado caer algunas observaciones que permitieron una interpretación determinada, y aun la hicieron inevitable; y esta interpretación echa una luz fulgurante sobre la génesis de su delirio de celos. Había dentro de ella un intenso enamoramiento por un hombre joven, ese mismo yerno que la instó a buscarme en calidad de paciente. De este enamoramiento, ella no sabía nada o quizá muy poco; dada la relación de parentesco existente, esta amorosa inclinación podía enmascararse fácilmente como una ternura inocente. Tras todas las experiencias que hemos recogido en otras partes, no nos resulta difícil una comprensión empática {einfühlen} de la vida anímica de esta decente señora y honrada madre de 53 años. Un enamoramiento así, que sería algo monstruoso, imposible, no pudo devenir consciente; no obstante, persistió y, en calidad de inconciente, ejerció una seria presión. Alguna cosa tenía que acontecer con él, algún remedio tenía que buscarse, y el alivio inmediato lo ofreció sin duda el mecanismo del desplazamiento, que con tanta regularidad toma parte en la génesis de los celos delirantes. Si no sólo ella, una señora mayor, se había enamorado de un hombre joven, sino también su anciano marido mantenía una relación amorosa con una joven muchacha, entonces su conciencia moral se descargaba del peso de la infidelidad. La fantasía de la infidelidad del marido fue entonces un paño frío sobre su llaga ardiente. Su propio amor no le había devenido consciente, pero el reflejo de él, que le aportaba esa ventaja, ahora se le hizo consciente de manera obsesiva, delirante. Todos los argumentos en contra no podían, desde luego, dar fruto alguno, pues sólo se dirigían a la imagen reflejada, no al modelo a que aquella debía su poder y que acechaba inatacable en lo inconsciente.
  Resumamos ahora lo que un breve y dificultoso empeño psicoanalítico aportó para la comprensión de este caso clínico, suponiendo, desde luego, que nuestras averiguaciones se hayan realizado correctamente, cosa que no puedo someter aquí al juicio de ustedes. En primer lugar: La idea delirante ha dejado de ser algo disparatado o incomprensible, posee pleno sentido, tiene sus buenos motivos, pertenece a la trama de una vivencia, rica en afectos, de la enferma. En segundo lugar: Es necesaria como reacción frente a un proceso anímico inconsciente colegido por otros indicios, y precisamente a esta dependencia debe su carácter delirante, su resistencia a los ataques basados en la lógica y la realidad. Es a su vez algo deseado, una suerte de consuelo. En tercer lugar: La vivencia que hay tras la contracción de la enfermedad determina unívocamente que habría de engendrarse una idea de celos delirantes y ninguna otra cosa (6). Bien lo recuerdan ustedes: el día anterior había manifestado a esa muchacha intrigante que lo más terrible sería que su marido le fuera infiel. No descuiden tampoco las dos importantes analogías con la acción sintomática que hemos analizado, a saber, en cuanto al esclarecimiento del sentido o del propósito y en cuanto a la dependencia de algo inconsciente que estaba dado dentro de la situación.
Con ello, desde luego, no quedan respondidas todas las preguntas que pudimos plantearnos a raíz de este caso. Más bien, él rebosa de otros problemas, unos que todavía nos resultan insolubles y otros que no se dejan solucionar a causa de lo desfavorable de las circunstancias. Por ejemplo, ¿por qué esta señora, que vive un matrimonio dichoso, sufre un enamoramiento hacia su yerno, y por qué el alivio, que también habría sido posible por otras vías, ocurre en la forma de un espejamiento así, de una proyección de su propio estado sobre su marido? Y no crean ustedes que es ocioso o pretencioso plantear tales preguntas. Disponemos ya de mucho material para una respuesta posible. Esta señora se encuentra en la edad crítica que trae a la necesidad sexual femenina una intensificación indeseada y repentina; quizás esto baste por sí solo. 0 tal vez quepa agregar que su marido, bueno y fiel, desde hace muchos años ya no posee aquella capacidad de rendimiento sexual que esta señora bien conservada necesitaría para satisfacerse. La experiencia nos ha hecho notar que justamente esos maridos, cuya fidelidad se descuenta, se distinguen por una particular ternura en el trato con sus esposas y por una inhabitual paciencia hacia sus achaques nerviosos. Y hasta quizá no sea indiferente que fuera el joven marido de una hija quien deviniera objeto de este enamoramiento patógeno. Un fuerte lazo erótico con la hija, que en su último fundamento se reconduce a la constitución sexual de la madre, a menudo halla el camino para proseguirse en una trasmudación de esa índole. En este contexto, quizá me sea lícito recordarles que la relación entre suegra y yerno fue juzgada desde siempre espinosa por los seres humanos, y entre los primitivos dio ocasión a tabúes y «evitaciones» muy estrictos (7). Tanto en el aspecto positivo cuanto en el negativo ella rebasa a menudo la medida culturalmente deseada. Ahora bien, cuál de estos tres factores operó en nuestro caso, si dos de ellos, si todos se conjugaron, no puedo decírselo a ustedes, pero únicamente porque no me fue permitido proseguir el análisis del caso más allá de esas dos sesiones.
  Ahora caigo en la cuenta, señores míos, de que he hablado de cosas que ustedes todavía no están preparados para comprender. Lo hice con el fin de comparar la psiquiatría con el psicoanálisis. Pero hay algo que tengo derecho a preguntarles: ¿Han observado alguna contradicción entre ambos? La psiquiatría no aplica los métodos técnicos del psicoanálisis, omite todo otro anudamiento con el contenido de la idea delirante y, al remitirnos a la herencia, nos proporciona una etiología muy general y remota, en vez de poner de manifiesto primero la causación más particular y próxima. Pero, ¿hay ahí una contradicción, una oposición? ¿No es más bien un completamiento? ¿Acaso el factor hereditario contradice la importancia de la vivencia? ¿No se conjugan ambos, más bien, de la manera más eficaz? Me concederán que en la naturaleza del trabajo psiquiátrico no hay nada que pudiera rebelarse contra la investigación psicoanalítica. Son entonces los psiquiatras los que se resisten al psicoanálisis, no la psiquiatría. El psicoanálisis es a la psiquiatría lo que la histología a la anatomía: esta estudia las formas exteriores de los órganos; aquella, su constitución a partir de los tejidos y de las células. Es inconcebible una contradicción entre estas dos modalidades de estudio, una de las cuales continúa a la otra. Como saben, la anatomía es hoy para nosotros la base de una medicina científica, pero hubo un tiempo en que estaba tan prohibido disecar cadáveres humanos para averiguar la constitución interna del cuerpo como lo parece hoy ejercer el psicoanálisis para averiguar la fábrica interna de la vida del alma. Y previsiblemente, en una época no muy lejana comprenderemos que no es posible una psiquiatría profundizada en sentido científico sin un buen conocimiento de los procesos de la vida del alma que van por lo profundo, de los procesos inconcientes.
  Ahora bien, quizás el psicoanálisis, tan combatido, tiene entre ustedes también amigos que verían con buenos ojos que se lo pudiera justificar desde otro costado, el costado terapéutico. Ustedes saben que nuestra terapia psiquiátrica no ha sido capaz hasta ahora de influir sobre las ideas delirantes. ¿Podrá hacerlo acaso el psicoanálisis gracias a su intelección del mecanismo de estos síntomas? No, señores míos, no puede; al menos provisionalmente, es tan impotente contra esta enfermedad como cualquier otra terapia. Podemos comprender, es verdad, lo que ha ocurrido dentro del enfermo, pero no tenemos medio alguno para hacer que él mismo lo comprenda. Acaban de escuchar que yo no pude llevar el análisis de aquella idea delirante más allá de los primeros esbozos. ¿Afirmarán por ello que el análisis de esos casos es desestimable porque no arroja fruto? Creo que no, en modo alguno. Tenemos el derecho, más aún, el deber, de cultivar la investigación sin mirar por un efecto útil inmediato. Al final -no sabemos dónde ni cuándo- cada partícula de saber se traspondrá en un poder hacer, también en un poder hacer terapéutico. Aunque para todas las otras formas de contracción de enfermedades nerviosas y psíquicas el psicoanálisis se mostrara tan huero de éxitos como en el caso de las ideas delirantes, seguiría siendo, con pleno derecho, un medio insustituible de investigación científica. Es verdad que entonces no estaríamos en condiciones de ejercitarlo; el material de hombres en que queremos aprender, un material viviente, tiene su voluntad propia; le hacen falta motivos para colaborar en el trabajo, y en tal caso rehusaría hacerlo. Por eso, permítanme que concluya hoy con esta comunicación: existen vastos grupos de perturbaciones nerviosas para los cuales la trasposición de nuestra mejor comprensión en un poder hacer terapéutico se ha comprobado en los hechos, y en el caso de estas enfermedades, de difícil acceso por otras vías, obtenemos, en ciertas condiciones, éxitos que no les van en zaga a otros cualesquiera en el campo de la medicina clínica (8).


  • HISTERIA
  • NEUROSIS OBSESIVA
  • MELANCOLÍA 
  • PSICOSIS




sábado, 28 de julio de 2018

los síntomas en psicoanálisis participación etiológica de los factores sexuales

el sueño, el lapsus el chiste el síntoma tiene sentido tras la interpretación psicoanalítica


La investigación psicoanalítica refiere, con sorprendente regularidad, los síntomas patológicos del enfermo a impresiones de su vida erótica; nos muestra que los deseos patógenos son de la naturaleza de los componentes instintivos eróticos y nos obliga a aceptar que las perturbaciones del erotismo deben ser consideradas como las influencias más importantes de todas aquellas que conducen a la enfermedad. Y esto en ambos sexos. Sé que esta afirmación no se acepta fácilmente. Hasta aquellos investigadores que siguen con buena voluntad mis trabajos psicológicos se hallan inclinados a opinar que exagero la participación etiológica de los factores sexuales y se dirigen a mí con la pregunta de por qué otros estímulos psíquicos no han de dar también motivo a los fenómenos de la represión y la formación de sustitutivos. A ello puedo contestar que ignoro por qué los estímulos no sexuales carecen de tales consecuencias y que no tendría nada que oponer a que su actuación produjese resultados análogos a los de carácter sexual, pero que la experiencia demuestra que nunca adquieren tal significación e importancia y que lo más que hacen es secundar el efecto de los factores sexuales, sin jamás poder sustituirse a ellos. 
Este estado de cosas no fue afirmado por mí teóricamente; en 1895, cuando publiqué los estudios sobre la histeria, en colaboración con el doctor Breuer, no había yo llegado aún a este punto de vista, que he tenido forzosamente que aceptar más tarde, conforme mis experimentos iban haciéndose más numerosos y penetrando más en el corazón de la materia. Entre vosotros, los que habéis acudido a estas conferencias, se hallan algunos de mis más íntimos amigos y discípulos, que me han acompañado en mi viaje hasta aquí. Interrogadlos, y oiréis de sus labios que también ellos acogieron al principio con absoluta incredulidad la afirmación de la decisiva importancia de la etiología sexual hasta que luego su propia labor analítica los obligó a aceptarla y hacerla suya. La conducta de los enfermos no facilita ciertamente la aceptación de mi discutida teoría. En lugar de ayudarnos, proporcionándonos de buena voluntad datos sobre su vida sexual, intentan ocultar ésta por todos los medios. Los hombres no son generalmente sinceros en las cuestiones sexuales. No muestran a la luz su sexualidad, sino que la cubren con espesos mantos tejidos de mentiras, como si en el mundo de la sexualidad reinara un cruel temporal. Y no dejan de tener razón: en nuestro mundo civilizado, el sol y el viento no son nada favorables a la actividad sexual: ninguno de nosotros puede realmente mostrar a los demás su erotismo, libre de todo disfraz. Mas cuando los pacientes se dan cuenta de que pueden librarse de toda coerción durante el tratamiento, arrojan aquella mentirosa envoltura, y entonces es cuando se halla una en situación de formar juicio exacto sobre el discutido problema. Desgraciadamente, los médicos no ocupan con respecto a los demás hombres un lugar de excepción en lo relativo a la conducta personal ante los problemas de la vida sexual, y aun muchos de ellos caen dentro de aquella mezcla de gazmoñería y concupiscencia que en las cuestiones sexuales rige la conducta de la mayoría de los «hombres civilizados». 

Continuemos ahora la exposición de nuestros resultados. En otra serie de casos, la investigación psicoanalítica refiere los síntomas no a acontecimientos sexuales, sino a vulgares sucesos traumáticos. Mas esta diferenciación pierde toda su importancia por otro hecho. La labor analítica necesaria para la aclaración absoluta y la definitiva curación de un caso patológico no se detiene nunca en los sucesos del período de enfermedad, sino que llega en todos los casos hasta la pubertad y la temprana infancia del paciente, para tropezar allí con dos sucesos e impresiones determinantes de la posterior enfermedad. Sólo los sucesos de la infancia explican la extremada sensibilidad ante traumas posteriores, y únicamente por el descubrimiento y atracción a la conciencia de estas huellas de recuerdos, casi siempre olvidadas, adquirimos poder suficiente para hacer desaparecer los síntomas. Llegamos aquí al mismo resultado que en la investigación de los sueños: esto es, que son deseos duraderos y reprimidos de la niñez los que para la formación de síntomas han suministrado su energía, sin la cual la reacción a traumas posteriores hubiera tenido lugar normalmente. Y estos poderosos deseos de la niñez deben ser considerados siempre, y con una absoluta generalidad, como sexuales. Ahora sí que estoy cierto de haber excitado vuestro asombro. ¿Hay, pues, una sexualidad infantil? - preguntaréis--. ¿No es más bien la infancia una edad caracterizada por la ausencia del instinto sexual? Nada de eso: el instinto sexual no entra de repente en los niños al llegar a la pubertad, como nos cuenta el Evangelio que el demonio entró en los cuerpos de los cerdos. El niño posee, desde un principio, sus instintos y actividades sexuales; los trae consigo al mundo, y de ellos se forma, a través de las numerosas etapas de una importantísima evolución, la llamada sexualidad normal del adulto. Ni siquiera es difícil observar las manifestaciones de esta actividad sexual infantil: por el contrario, más bien es necesario poseer cierto arte para dejarlas pasar inadvertidas o interpretarlas erróneamente. Un favorable destino me ha puesto en situación de acogerme al testimonio de un compatriota vuestro. Indicaré aquí un trabajo del doctor Sanford Bell, publicado en 1902, en el American Journa/ o( Psycho/ogy. Su autor es un antiguo discípulo de la Clark University, la misma institución en una de cuyas aulas nos hallamos hoy reunidos. En este trabajo, titulado A pre/iminary srudr of the emotion o/ /ove hctJI"ecn rlzc sexcs. y aparecido tres ml.os antes de mi 'Tres ensayos para una teoría sexual' (Tomo IV de estas obras completas) dice el autor la misma cosa que yo acabo de exponeros: «La emoción del amor sexual no surge por vez primera en el período de la adolescencia, como se ha pensado hasta ahora>> * El doctor Sanford Bcll ha trabajado en esta cuestión. muy a la americana. como diríamos en Europa, reuniendo, en el transcurso de quince años. nada menos que 2.500 observaciones positivas. entre ellas XOO realizadas por él mismo. De los signos por los que se revelan tales enamoramientos infantiles, dice en su trabajo: «Observando sin prejuicio alguno estas manifestaciones en cientos de parejas de niños, no puede dudirse el atribuirles un origen sexual. El ánimo más descoso de exactitud tien,, que quedar satisfecho cuando a estas observaciones se agrega la confesión de ·aquellas personas que· en su niñez han experimentado tal emoción con una elevada intensidad y cuyos recuerdos infantiles son relativamente precisos» **. Mas cuando el asombro de aquellos de entre vosotros que no quieren creer en la sexualidad infantil llegará a su grado máximo, será al oír que muchos de estos niños tempranamente enamorados no han pasado de la tierna edad de tres, cuatro y cinco años. 

Es muy explicable que, sean o no investigadores médicos, no quieran los hombres saber nada de la vida sexual del niño. Han olvidado su propia actividad sexual infantil, bajo la presión de la educación civilizadora, y no quieren que se les recuerde lo que han reprimido. Muy distintas serían las convicciones a que llegarían si comenzaran sus investigaciones con un autoanálisis, una revisión y una interpretación de sus recuerdos infantiles. Un principio de Patología general expresa que cada proceso evolutivo trae consigo los gérmenes de la disposición patológica, en cuanto puede ser obstruido o retrasado o no tener lugar sino incompletamente. Esto mismo es aplicable al tan complicado desarrollo de la función sexual, el cual no en todos los individuos se lleva a cabo sin tropiezo alguno, dejando, en estos casos, tras de sí ora anormalidades, ora una disposición a la posterior adquisición de enfermedades por el camino de la regresión. Puede suceder que no todos los instintos parciales se someten a la primacía de la zona genital, y entonces el instinto que ha quedado independiente constituye lo que llamamos una perversión y algo que puede sustituir el fin sexual normal por el suyo propio. Sucede muy frecuentemente, como ya hemos indicado, que el autoerotismo no es dominado por completo, defecto del cual dan testimonio, en tiempos posteriores, las más diversas perturbaciones. La original equivalencia de ambos sexos como objetos sexuales puede también mantenerse y resultar de ella una tendencia a la actividad homosexual en la vida adulta, tendencia que puede llegar en determinadas circunstancias a la homosexualidad exclusiva. Esta serie de perturbaciones corresponde a las inhibiciones directas del desarrollo de la función sexual y comprende las perversiones y el nada raro infantilismo general de la vida sexual.